
EXTRAÑOS, EXTRANGEROS, [Y] CONCIUDADANOS
zenos, paroikos, [and] sumpolitēs
Así pues, ya no sois extraños ni extranjeros, sino que sois conciudadanos de los santos y sois de la familia de Dios, (Efe 2:19)
Pablo menciona dos términos en este verso que son sinónimos (extraños y extranjeros) pero que tienen sutiles diferencias entre ellos.
Extraños (xenos) en griego clásico se refiere a alguien que no pertenece a la comunidad y es un término directamente opuesto a: “ciudadano” del país ( politēs). Este término puede incluso hacer referencia a un nómada o a un refugiado. Para los griegos un zenos era sinónimo de un bárbaro. De esta palabra deriva en nuestro idioma el vocablo “xenofobia”: Temor y odio a los extraños o extranjeros.
Extranjeros (paroikos) es una palabra compuesta por “para” que significa “por” o “cerca de”, y “oikos” que significa “casa”. Así que hablamos de “por la casa” o “cerca de la casa”. El extranjero o advenedizo era aquel que vivía al lado de la gente del lugar. Alguien que siendo extranjero, vivía como un vecino más disfrutando de la protección de la comunidad de nativos, pero al mismo tiempo no tenía privilegios de ciudadanía ya que esta la tenía en otro lugar.
Así que Pablo estaba diciendo a los efesios que ya no eran ni “zenos” ni “paroikos” , ni tan solo inmigrantes con papeles. Sino que los llama “conciudadanos” (sumpolitēs). Esta palabra tiene como raíz: politēs, término que se refiere a “ciudadano”, habitante de una ciudad, una persona libre con derechos de ciudadanía. Al añadir el prefijo “sum” (“juntamente con”) obtenemos la idea de “ciudadanía compartida” .
Si ponemos todo esto junto, vemos que Pablo está diciendo a los efesios que todos tienen una ciudadanía común en Cristo. Aquello les debió causar una profunda impresión. Debieron pensar: “Si un ciudadano romano tiene todos esos privilegios ¡Qué será para nosotros, los que vivimos en Cristo! Verdaderamente, somos ciudadanos de un país mucho más grande que Roma, o cualquier otro imperio.
Efe 2:8-18
(8) Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios;
(9) no por obras, para que nadie se gloríe.
(10) Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas.
(11) Recordad, pues, que en otro tiempo vosotros los gentiles en la carne, llamados incircuncisión por la tal llamada circuncisión, hecha por manos en la carne,
(12) recordad que en ese tiempo estabais separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel, extraños a los pactos de la promesa, sin tener esperanza, y sin Dios en el mundo.
(13) Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros, que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo.
(14) Porque El mismo es nuestra paz, quien de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación,
(15) aboliendo en su carne la enemistad, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un nuevo hombre, estableciendo así la paz,
(16) y para reconciliar con Dios a los dos en un cuerpo por medio de la cruz, habiendo dado muerte en ella a la enemistad.
(17) Y VINO Y ANUNCIO PAZ A VOSOTROS QUE ESTABAIS LEJOS, Y PAZ A LOS QUE ESTABAN CERCA;
(18) porque por medio de El los unos y los otros tenemos nuestra entrada al Padre en un mismo Espíritu.
2:8
Por gracia hemos sido salvados (presente y pasado). No ha habido, no hay, ni habrá merito alguno que podamos presentar delante de Dios a favor de nuestra salvación.
La fe no es el tributo que ofrecemos por nuestra salvación, sino el medio, por el cual llegamos a la Gracia de Dios, que es la base sobre la cual hemos sido salvados.
La fe es convicción (moral sobre todo), credibilidad. Significa esencialmente confiar en Cristo.
Y en todo ello no hay el menor mérito por nuestra parte. Pues todo (fe y gracia) son un don de Dios.
2:9
Para evitar cualquier tipo de gloria personal en nosotros, pues no debería de haberla, el apóstol nos vuelve a insistir haciéndonos ver que no tenemos implicación alguna en nuestra salvación. Un poco de levadura leuda toda la masa. Un poco de mérito en nuestra salvación hecha a perder toda la gracia.
2:10
Por que somos hechura suya. Somos su obra. Nunca una obra (un cuadro, una pieza musical, un vestido, etc...) podrá afirmar de si mismo que es el creador. Una nueva creación en Cristo Jesús.
Tenemos una nueva vida en Cristo Jesús. Es por esta nueva vida que podemos realizar buenas obras, no “para” sino “en” Cristo. Las buenas obras no son ya el medio para conseguir nada, sino el fruto de la obra de Dios en Cristo Jesús.
Son obras que Dios mismo preparó en el pasado para que anduviéramos en ellas. No son algo que nosotros decidimos hacer, sino que forma parte del plan de Dios. Hoy podemos pensar que estamos sirviendo a Dios haciendo esto o lo otro, pero si Dios no lo ha puesto delante nuestro, de nada sirve. No somos nosotros los que decidimos lo que hay que hacer. Dios ya lo ha decidido.
2:11
Es bueno recordar que no siempre hemos sido creyentes, si actualmente lo somos, que no pertenecemos por nosotros mismos al pueblo de Israel, al pueblo del pacto. No olvidemos que ni por raza ni por obra teníamos nada que ver con el plan de salvación de Dios.
2:12
Todos hemos nacido en pecado. Vivimos rebeldes, ajenos, separados y sin contar para nada con Cristo. La promesa de la salvación había sido dada a Israel. Por lo tanto no había, humanamente hablando, forma de participar de ella. No pertenecíamos a esta nación. Las promesas que Dios les había echo eran para ellos, no para nosotros. Lo único que podíamos esperar era una vida de desolación y desesperación. Efectivamente, vivíamos sin Dios y sin esperanza en el mundo ¿Lo recordamos? Por que este sí es nuestro estado natural.
2:13
Ahora en Cristo Jesús. Toda nuestra vida, si vale algo hoy, es “en Cristo Jesús”. Si podemos apropiarnos de las promesas de salvación hechas en su día al pueblo de Israel es únicamente por lo que somos en Cristo Jesús. Es por la sangre de Cristo que hemos dejado de ser extraños para pasar a formar parte de la familia de Dios como hijos adoptivos. Formamos parte del pueblo de Dios, pero solo por preciosa sangre, que nos ha salvado, nos ha redimido y nos ha hecho coherederos con Él.
2:14
Antiguamente, en ciertas áreas del templo había señales advirtiendo a los gentiles de cruzar los límites so pena de muerte. Hoy, sin embargo, el Señor Jesucristo nos ha unido. Ha hecho un solo pueblo mediante su Paz. Pero sin paz en nuestros corazones no hay unión. La paz del amor de Dios ha propiciado, mediante la fe, que judíos y cristianos podamos, en un futuro, formar parte de un solo cuerpo. El Señor Jesucristo ha derribado esos antiguos muros de separación.
2:15
El pueblo de Israel tenía que diferenciarse del resto de naciones por el seguimiento de determinados mandamientos. Sin embargo, la Palabra de Dios nos dice que nadie a conseguido jamás alcanzar la salvación de Dios por obras. El Señor Jesús , mediante su sacrificio muriendo allí en la cruz, rompió la barrera que separaba aquellos dos pueblos (judíos y gentiles) A ambos nos ha concedido formar parte de un nuevo cuerpo: La Iglesia.
Somos un nueva creación en él. No es solo que Dios en un sentido ya lo haya conseguido. Es que Dios lo está haciendo cada día. Desde la perspectiva humana, la nueva creación se está llevando a cabo. Por lo tanto, en ese nuevo hombre no habrá división alguna, no habrá enemistades, no habrá contienda, no habrá todo aquello que es contrario a la paz. Más habrá un cuerpo nuevo, que es su Iglesia.
2:16
No hay otra forma de que los hombre nos reconciliemos de forma permanente si no lo hacemos antes con Dios.
La reconciliación pasa también, necesariamente, por el sacrificio. Hay una injusticia que hay que saldar y para ello, alguien tiene que perdonar. El perdón es el único que puede abrir la puerta de la reconciliación. En este caso la reconciliación con Dios ha sido posible porque Jesucristo pagó el precio de nuestra culpa y de nuestro pecado muriendo en una cruz. Todo aquello que jamás pudimos alcanzar con nuestro propio esfuerzo ha sido aceptado por Dios como válido gracias al sacrificio expiatorio de nuestro Señor Jesucristo muriendo en la Cruz pagando el precio de nuestra culpa.
Donde antes había un espíritu de juicio, de condena por no cumplir la ley hoy puede haber un espíritu de unión, de amistad y compañerismo en nosotros y entre nosotros, tanto los que estábamos lejos, como para los que estaban cerca. Ciertamente, la salvación no puede ser una realidad sin Cristo. La prueba es que hoy también nosotros podemos perdonar, pero solo porque Él nos perdonó primero a nosotros.
2:17
Dios se hizo cercano en Jesucristo. Él es Dios accesible, Dios hecho hombre. Dios no se ha olvidado de nosotros nunca. El Señor Jesucristo nos anuncio las buenas nuevas que traerían paz a nuestras vidas. No es posible tomar de su paz sin fe. Si no tenemos fe no puede haber confianza en el Señor, no podemos hacer nuestra Su Paz. Sin confianza no podemos tener paz, por que indudablemente no la buscaremos ni la seguiremos.
La Paz de Dios es para todos, no es solo para determinado grupo de gente. Dios la ha querido anunciar a todo el mundo, al judío primeramente y también al griego.
2:18
No podemos acercarnos a Dios bajo otro nombre que el de Cristo Jesús. Solo por el Espíritu Santo podemos acercarnos hoy al padre con plena confianza mediante la fe.