Friday, May 18, 2007

Dios, nuestro amparo y fortaleza. Salmo 46



Lutero halló en este Salmo la inspi­ración para componer su famoso him­no "Castillo fuerte es nuestro Dios». Como él, millones de creyentes en to­dos los tiempos se han apropiado las afirmaciones del salmista, como expre­sión de una fe inquebrantable frente a las mayores adversidades.
Este salmo está dividido en tres estrofas. Al final de las dos últimas, un estribillo resume la razón de la confian­za del pueblo de Dios. Posiblemente el mismo estribillo debería aparecer al final de la primera, pero por alguna causa desconocida quedó omitido en el texto hebreo. El pensamiento de la presencia protectora de Dios se desa­rrolla a la luz de tres cuadros impre­sionantes.

Dios nuestro auxilio en medio de las catástrofes (vers. 1-3)
«Dios es nuestro amparo y for­taleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temere­mos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al cora­zón del mar; aunque bramen y se turben sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su braveza.»

No importa que las tribulaciones adquieran proporciones inmensas, aún los montes pueden ser sacudidos por fuertes conmociones y arrancados de su lugar para hundirse en el mar. Da­vid tuvo su porción de problemas. Sa­bía lo que era sentir su vida sacudida como si fuese un terremoto. A veces su experiencia había sido semejante al bramido de una inundación, había sen­tido como si los montes hubiesen tem­blado bajo sus pies. Y así sucede mu­chas veces en las vidas de muchos creyentes. Pero nada ni nadie podrá tocar a los protegidos por el Todopo­deroso.

Dios nuestro auxilio en los asedios (vers. 4-7)
«Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario de las moradas del Altísimo. Dios está en medio de ella; no será conmovida. Dios la ayudará al clarear la maña­na. Bramaron las naciones, titubea­ron los reinos; dio Él su voz, se de­rritió la tierra. Jehová de los ejérci­tos está con nosotros; nuestro re­fugio es el Dios de Jacob.»

Aquí el pueblo de Dios aparece re­presentado por la ciudad de Dios sitia­da por enemigos. Ninguno de ellos prosperará; y mientras dura el cerco, la presencia divina, simbolizada por un río de abundantes aguas, alegra a los sitiados. Fuera, todo es amenaza y peligro; dentro, paz y seguridad. Es evidente que el verdadero río al que se refiere el salmista es el Señor mis­mo. Dios es el río que corre para ayu­dar al pueblo en angustias. Él es quien provee aguas de vida a aquellos que están rodeados de pruebas y traumas. Veo un paralelismo entre estos pensa­mientos y las hermosas palabras de Isaías "Porque ciertamente allí será Dios para con nosotros fuerte, lugar de ríos, de arroyos muy anchos, por el cual no andará galera de remos, ni por el pasará gran nave» (Is. 33:21). Qué pro­fundo aliento infunden estas palabras a aquellos que, en medio de las an­gustias podemos descubrir la realidad de la presencia de Dios en nuestras vidas; y la corriente fresca y tranquila de sus aguas de vida a nuestras al­mas. A pesar de que estemos pasan­do por pruebas, angustias y traumas, podemos descubrir la realidad de la presencia de Dios en nuestras vidas.

Dios dador de paz en medio de asolaciones (vers. 8-11)
«Venid, ved las obras de Jehová, que ha puesto asolamientos en la tierra. Que hace cesar las guerras hasta los fines de la tierra. Que quie­bra el arco, corta la lanza, y quema los carros en el fuego. Estad quie­tos, y conoced que yo soy Dios; seré exaltado entre las naciones; enalte­cido seré en la tierra. Jehová de los ejércitos está con nosotros; nues­tro refugio es el Dios de Jacob.»

La violencia humana no durará siempre, llegará un día en que Dios, tras su juicio sobre las naciones, im­pondrá la justicia y la paz. «Acontece­rá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los mon­tes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones. Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Ve­nid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos ense­ñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Dios» (Is. 2:2-3). Ésta es la perspectiva bíbli­ca en su conjunto. Al contemplarla, el creyente ya ahora goza de paz aún en las situaciones de mayor desolación. y por último el mismo Señor Jesús nos dice «Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Jn. 16:33).

Mari Fernández

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