Friday, February 12, 2010
La fragancia del Amor
Verso 37. Encontramos una mujer que era abiertamente pecadora. O sea, que era notorio por las gentes que la rodeaban. Cuando uno es un pecador “conocido” no acostumbra a tener muchos amigos, y menos aún entre la gente de la clase “religiosa”.
No sabemos cómo, pero aquella mujer muy probablemente ya habría tenido algún tipo de encuentro con Jesús. Seguramente ya le habría escuchado antes. Al creer en Él. La mujer pecadora encuentra en Jesús un amor y un perdón que la clase religiosa de su tiempo no sabía ni quería darle.
El perdón del Señor nunca puede ser algo impuesto por Él. Tan inefable don solo puede emanar de su misma persona y autoridad cuando el corazón confiesa y se arrepiente de verdad implorando una misericordia tan necesaria como inmerecida.
Aquella mujer vino con una sincera actitud de gratitud y adoración a Jesús. Simple y llanamente. No vino a debatir asuntos teológicos ni a sonsacar nada a Jesús. Sabía quién era y lo que le había hecho. Aquel perfume y aquellas lágrimas no pretendían ser otra cosa que su adoración y su acción de gracias. Fruto de un quebrantamiento sincero de corazón.
Verso 38. A diferencia de Simón el fariseo, aquella mujer era plenamente consciente de todo el pecado que le había sido perdonado. Notemos su humildad al arrodillarse a los pies de Jesús.
Sí, aquella mujer lloraba, pero no de desesperación, sino de consuelo, de gratitud, de gozo, de arrepentimiento, de liberación y de alivio. Aquella mujer era todo agradecimiento al Señor. Aunque solo fuera con sus lágrimas, quiso servir al Señor lavándole los pies. Sin duda el Señor percibió el inmenso valor de aquel líquido precioso que emanaba de unos ojos henchidos de amor.
El beso es una señal de afecto y respeto. Aquella mujer no paraba de besar los pies de su Señor en una clara manifestación de adoración y de gratitud. En aquellos tiempos, el beso era también era una señal de sujeción a alguien así como de súplica y adoración, especialmente a los dioses paganos.
Verso 39. Uno del los errores más frecuentes entre aquellos que creemos en las Escrituras es pensar que, desde el mero criterio de nuestra razón, tenemos derecho a adoptar posturas de juicio casi “divinas” contra los que “no son como nosotros”.
Primero tenemos el vicio de encasillar a la gente en distintos rangos. “Si este fuera profeta”. Evidentemente el ser profeta no era cualquier cosa en aquella época. Pero, así de entrada, aquel fariseo “medía” a Jesús para ver si de veras se podía codear con Él ¿Eres un creyente de rango para poderte codear conmingo?
Siguiendo su afición a estigmatizar todos aquellos que “no son como yo”. Aquel fariseo tenía claro que aquella mujer no tenía nada que hacer para ser salva. Para ella no había esperanza alguna ¿Quién era, al fin y al cabo? Tenía un estigma del cual no se podía librar. Además, al remarcar “qué tipo de mujer” era, daba por sentado que su naturaleza estaba tan corrompida que no aceptaba ni que se le tocase un pelo. A través de esta tipificación también se deja ver que para los fariseos no todos los pecados eran iguales. Con pecados como la avaricia o la codicia, pactaban ciertas licencias, pues era obvio que les encantaban las riquezas, sin embargo con los pecados de tipo sexual se mostraban totalmente implacables.
Otro error frecuente de aquellos fariseos era dar más importancia a lo que se ve que a lo que se piensa. “Está tocando a este hombre”. Cómo podía un hombre de Dios permitir ser tocado por una prostituta cualquiera. Ignoraban que el pecado no se adquiere nunca, solo se engendra en un lugar oculto llamado corazón.
Finalmente aquel hombre rechaza aquella mujer a la cual ya ha sentenciado: ”Es una pecadora”. Por lo tanto solo quedaba excluirla para impedir cualquier posibilidad de "contagio".
Versos 40-49. Simón es un claro ejemplo de “vana religiosidad”. A pesar de su aparente interés por el Señor Jesucristo, este personaje demuestra en realidad que solo trata de “fabricarse” un traje a medida con aquella nueva “religión” que predicaba el Señor Jesucristo pero, eso sí, sin contar para nada con Él.
Simón estaría convencido de estar comportándose ejemplarmente ante sus propios ojos. Tan alto era el concepto que tenía de si mismo que aún sometía a su propio juicio al Señor Jesucristo cuestionando si llegaba al estatus si cabe de mero profeta.
Sin embargo el Señor Jesús no desiste con sus palabras a llamar al corazón de aquel hombre: “Simón, tengo algo que decirte”. A menudo nos ocurre que nos creemos capaces de juzgarlo todo en la Escritura desde la razón sin tener en cuenta al autor de la misma. Autor que continúa queriendo entrar y hablar a solas con nosotros para contarnos cosas que sí nos son realmente necesarias aunque no nos guste oírlas.
Una de las cosas que más nos cuesta a los seres humanos es admitir que somos deudores. Paradójicamente, no agradamos más a Dios por ser “más buenos” sino por admitir nuestra “deuda” con él.
Paradójicamente también no estamos en mejor disposición de servirle y serle agradecidos por ser “más justos”, sino que cuanto más pecadores hayamos sido mejor dispuestos estaremos a serle agradecidos.
Así pues, una vez más nos encontramos que el orgullo es el principal obstáculo para llegar a ser perdonado. Porque en definitiva, seamos grandes o pequeños pecadores, lo difícil de admitir es que no tenemos con qué saldar esa deuda insalvable que tenemos con Dios llamada "pecado".
Definitivamente Dios no nos exige nada a cambio del inmerecido perdón que nos ofrece. No nos lo pide ni antes ni después de admitir nuestra deuda. Pero si hay una señal inequívoca de aquel que ha sido de veras perdonado es el amor hacía el perdonador. El amor verdadero no puede fingirse, por lo tanto no podemos esforzarnos en provocar un sentimiento que no tenemos. La única manera de amar a Dios es admitir nuestro pecado y esperar que la misericordia de Dios se apiade de nosotros. Solo entonces nacerá en nosotros ese genuino amor que solo se alimenta de genuina gratitud.
Lamentablemente, en nuestra fijación por querer juzgarlo todo, y ensimismados en nuestro narcisismo espiritual podemos caer fácilmente en el error de descuidar las más elementales actitudes de servicio y “cortesía” que debemos, no a nuestra razón, sino a nuestro Señor Jesucristo.
El amor y el servicio mostrado por aquella mujer pecadora no tienen comparación con aquello que le estaba ofreciendo Simón. Recuerdan la actitud de aquella mujer que en el templo dio solo “un céntimo” siendo todo lo que tenía en contraste con el fariseo que dio mucho pero solo de lo que le sobraba. Notemos como la gratitud de aquella mujer rebosaba tan abundantemente y de tal forma que casi todo lo que pudo ofrecerle: sus lágrimas, sus cabellos, y sus besos no eran cosas adquiridas sino que formaban parte de ella misma.
Ello nos habla que el único sacrificio que cuenta para el Señor es el de nuestro sincero arrepentimiento; ello nos llenará de gozo y nos moverá en gratitud a presentar todo nuestro ser, todo nuestro cuerpo, y todo lo que tenemos como ofrenda, sacrificio santo y agradable a Dios; Y es que lo que de verdad importa es amar al Señor por encima de todas las cosas.
Solo en la medida en que nos arrodillemos delante del Señor Jesucristo admitiendo e implorando perdón vamos a ser capaces de amarle, precisamente, mediante el amor que Él nos ofrece. No puede ser de otro modo: Si no pedimos perdón no le podemos amar.
Subscribe to:
Post Comments (Atom)

0 comments:
Post a Comment