Friday, June 25, 2010
Viviendo a Cristo
17. Ciertamente solo podemos afirmar en nombre del Señor aquello que decimos juntamente con Él. Para ello debemos experimentar, no solo durante nuestro ministerio, sino a cada momento una estrecha comunión con Él.
Sin Él, fácilmente haremos que la Escritura diga cualquier cosa. Debemos ser conscientes que hay toda una nube de influencias que distorsionaran la Palabra de Dios si lo confiamos todo a nuestra razón. Cada pasaje debe adquirir el lugar y el valor adecuado, y eso solo se consigue mediante un sincero abandono al Espíritu Santo. Para ello no debemos equivocarnos tratando de forzar que el Señor nos acompañe en nuestras cruzadas personales sino más bien debemos ser nosotros mismos los que tratemos de encontrar al Señor primero, escucharle después, para seguidamente unirnos al ejército de sus hijos, aquellos que reconocen y obedecen su voz.
18. Así pues el Señor nos pide juntamente con Pablo que no seamos como aquellos que persisten en vivir a espaldas de Dios, encerrando la vida en el ámbito de la temporalidad de esta vida, limitando nuestra visión a la penumbra que envuelve al ser humano.
Nuestro principal propósito en la vida es participar de la vida de Dios. No es necesario encorsetar la vida cristiana al seguimiento y profesión de una serie de credos y dogmas. Somos llamados a una vida mucho más trascendente que esto. Debemos participar de la vida de Dios y para ello el Espíritu Santo debe obrar en nuestras vidas teniendo comunión con nosotros para así poder darnos la luz necesaria, no solo para nutrirnos de las Escrituras, también cada paso que damos en la vida.
Debemos evitar a toda costa la ignorancia y la dureza de corazón de los incrédulos. Ignorancia manifiesta, pues no conocen la voluntad que Dios nos plasma mediante su Palabra, no pueden tener la cosmovisión de la vida que ofrece el Espíritu Santo, ni tampoco pueden tener el sentir que tuvo Jesús. Por otro lado debemos aprender a ser humildes, reconocer nuestra bajeza, nuestra ignorancia, nuestra dependencia de Dios. No es fácil admitir que nuestra única esperanza es una afrentosa cruz.
19. La insensibilidad es una de las peores consecuencias del pecado. De la palabra utilizada por pablo deriva nuestro término “analgésico”. El pecado pues nos hace insensibles, por ejemplo, a la Palabra de Dios. No somos capaces de escuchar la voz de Dios en ella, bien sea cuando nos señala el pecado, cuando nos instruye, o cuando nos muestra su gloria. Ciertamente somos capaces de pasar impasibles por la vida ante la constante revelación de Dios mediante la conciencia, la creación, o su Palabra.
No nos engañemos ni subestimemos la fuerza del pecado en el hombre. Es una fuerza brutal, absolutamente licenciosa, lujuriosa, y que produce, entre otras cosas, un deseo sexual insaciable. El pecado tampoco conoce límites a la hora de satisfacerse y busca el placer descontroladamente. Es por ello que el hombre pasa la vida en “caída libre” mientras trata, a la desesperada, de satisfacerse con todo lo que pueda “arrancar” de ella sin pensar en sus consecuencias.
20-21. El apóstol nos habla de aprender “a Cristo”. No es tanto que aprendamos lo que dijo, sino a Él mismo. Jesucristo debe ser un modelo integral para nuestras vidas. Ser cristiano podría reducirse a “Vivir a Cristo”. Debemos aprender a Cristo constantemente, bien sea mediante el testimonio de las Escrituras o por el testimonio de la Palabra viva que habita en los corazones de aquellos que le aman.
Lo verdaderamente importante del testimonio y el ministerio del Evangelio y de La Palabra de Dios es Cristo. Aquellos efesios no habían conocido a Jesucristo en persona, sin embargo nos dice Pablo que le habían escuchado. La Palabra de Dios es eficaz cuando escuchamos la voz de nuestro Señor Jesucristo en ella. Pero para escuchar al Señor no solo es necesario un buen mensaje. También debemos permitir que el Espíritu Santo, que habita en nosotros, haga su trabajo y nos guíe a toda verdad.
Hay una sola verdad, y es la verdad que hay en Jesús. Podemos observar distintos matices en la enseñanza de Jesús, incluso podemos observar una misma doctrina desde distintas perspectivas, pero Jesús solo hay uno. El Espíritu de la verdad no se puede cambiar. La esencia de la verdad no es la comprensión de unas palabras, es la misma persona de Dios en Jesucristo.
22. Todos compartimos una naturaleza que tiende a corromperse según una tendencia innata a dejarse seducir por el atrayente deseo que aun nos produce todo aquello que es falso o engañoso. Fue esta manera de vivir, antes de convertirnos, nuestra tónica de vida. Pero esta naturaleza hoy no tiene el poder que tenía antes, aunque aún “convive” con nosotros tratándonos de influenciar a diario.
23. El Apóstol nos insta a renovar el espíritu de nuestra mente. No se trata de que meramente adoptemos nuevas costumbres. Se nos está pidiendo toda una nueva manera de pensar. La idea no es de “reparar” nuestra mente, sino de ir cambiando todas las piezas, una por una.
La palabra “espíritu” en griego “pneuma” significa “respirar”. Necesitamos renovar el aire de nuestra mente constantemente.
24. La idea que nos quiere dejar Pablo es la de un cambio total de imagen. Todos sabemos del impacto que causa a los demás nuestro atuendo. Hemos de renovar todo nuestro vestuario, tenemos que despojarnos de prendas que ya forman parte de nuestra vida, pues las venimos llevando ya mucho tiempo, llegando incluso a tenerles cariño.
Pero para cambiarme de ropa es imprescindible que antes me desnude, me quite la ropa que ahora llevo puesta. Desnudarse siempre es humillante. Es necesaria la humillación si queremos de veras cambiarnos la ropa. Quizá demasiadas veces pensamos que podemos saltarnos este paso y pretendemos ponernos la “ropa nueva” sobre “la ropa vieja”. Entonces, no solo tenemos un aspecto realmente ridículo, además nos movemos con mucha dificultad, con tanta que los trompazos y las caídas llegan a ser frecuentes.
Sin embargo el nuevo vestido de Dios, una vez cubierta adecuadamente nuestra desnudez, el nuevo vestido que Dios mismo ha confeccionado según el “patrón” que es nuestro Señor Jesucristo, nos transforma en personas justas que disciernen la santidad de la verdad y por lo tanto andan en ella tal y como hizo nuestro Señor.
25. En este versículo, no solo se nos está diciendo que no nos mintamos, principalmente se nos dice que hablemos de aquellas cosas que son verdad. Debemos aprender a tener conversaciones sanas en las que hablemos de todo aquello que envuelve a los valores auténticos de la vida. No es necesario espiritualizar constantemente ni hablar de temas doctrinales con frecuencia sino más bien de “quitar” de nuestras conversaciones todo aquello que incita y promueve el pecado. Cosas tales como la murmuración, la crítica destructiva (suele ser aquella que nace de la envidia o el resentimiento hacia alguien), o el amor al dinero.
Debemos tener especial cuidado cuando hablamos entre nosotros o de alguno de nosotros. Debemos siempre tener sumo respeto y amor por nuestros hermanos en la fe, incluso con aquellos que no piensan como yo. A nuestros hermanos debemos cuidarles incluso como cuidamos nuestro propio cuerpo, pues todos somos miembros de un mismo cuerpo: La única y santa iglesia de Cristo.
26. El Apóstol Pablo nos plantea ahora un comportamiento sumamente delicado. Ciertamente hay momentos en que debe manifestarse cierta ira en nosotros. No podemos sonreír y asentir constantemente en todo. Hay lugar para la ira que debe manifestarse solo en el momento adecuado y en la medida precisa. Pero esto es algo francamente difícil de manejar.
Como hemos dicho, el aguantarse la ira no es bueno ya que lo único que produce en nosotros es una especie de “tumor” de frustración, indignación y amargura que irá creciendo lentamente para, tarde o temprano, hacerse metástasis con consecuencias fatales para todos. Ciertamente, si pasamos por alto la injusticia de otros acabaremos siendo cómplices de ella.
Lo cierto es que es sumamente difícil airarse y no pecar, no pasarse de la raya arrastrados por la intensidad de la situación y el momento. Antes de airarnos deberíamos ser capaces de apartar toda aquella ira que nace solo de nuestro propio orgullo. Un orgullo dolido es prácticamente incontrolable. Igualmente debemos también saber poner freno a nuestra ira. Debe ser siempre limitada y no dejar que dure más de 24 horas.
27. Nuestro adversario, el diablo, no cesa de buscar oportunidades por las cuales hacernos daño, quitarnos el gozo en el Señor que nos corresponde, y arruinar tanto como pueda tanto nuestras vidas como las de los demás. Así que Pablo desarrolla a continuación una serie de consejos para frustrar los planes del maligno.
28. Hay formas muy sutiles de robar. El apóstol da por sentado que se hace. Podemos robar cuando no administramos bien nuestro dinero, bien sea porque lo malgastamos, o porque no lo utilizamos lo suficientemente en beneficio de quienes lo necesitan. Por otro lado no debemos “vivir del cuento” sino trabajar para ganar nuestro sustento y para poder compartir con el necesitado.
29. Las palabras tienen siempre mucho poder. Es bueno medir, una y otra vez lo que vamos a decir antes de que salga por nuestra boca. Tal y como nos dice Santiago, la palabra tiene poder para edificar o para destruir. No es fácil un hablar edificante. Se trata tanto de decir lo adecuado como de encontrar el momento oportuno. Bien sea hablemos en público o en privado nuestro ánimo nunca debiera ser “exhibirnos” sino ministrar gracia a los demás.
30. El Espíritu Santo vive en nosotros y es sensible a todo lo que pasa por nuestro corazón. No entristezcamos al sello de la promesa de Dios en nosotros. Hemos sido redimidos, vivamos movidos por la bella melodía de su voz.
31. Quitemos de nosotros todo aquello que dificulta nuestra comunión con el Señor y nos inhibe como Hijos de Dios. Hay formas de comportarse que denotan un fuego en nuestro corazón que no ha sido encendido por el Espíritu Santo sino por el diablo.
32. Seamos pues como el agua dulce que refresca, trae vida y apaga la sed. Una deuda que nosotros jamás podíamos pagar el Señor la pagó. Perdonemos también nosotros a todos aquellos que son tan deudores o menos que nosotros.
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